QUEDARSE ES EL NUEVO VIAJE
De viaje, no de vacaciones. Así he vivido casi siempre. No porque mi vida fuera particularmente aventurera, sino porque nunca encajé del todo en el molde del vacacionista. Tal vez porque soy freelance desde hace años, o porque no tengo hijos que marquen el calendario de mis descansos. Quizás también porque he vivido tanto tiempo entre países que la idea de “desconectarme de la rutina” siempre me ha parecido una fantasía ajena. ¿Cuál rutina?, me pregunto. ¿La de trabajar en domingo y hacer una barbacoa el martes?
Pero desde que vivo en Madrid, he notado algo: las vacaciones no son simplemente descanso, son una obligación cultural. Un calendario emocional compartido. A partir de cierto mes —marzo, abril— empieza el murmullo: “¿Y tú, ya sabes qué harás en verano?”. En junio, el murmullo se convierte en plan. En julio, en ansiedad. Hoteles, vuelos, casas con piscina, destinos “autenticados” por Instagram. Las vacaciones son el nuevo gran proyecto del año. Una producción con todo y storyboard, itinerario y expectativa emocional.
Una amiga me contó que su jefe le pidió que se tomara días libres “ya”, porque tenía demasiadas vacaciones acumuladas. Lo dijo como quien recuerda a alguien que aún tiene cupones sin canjear. Y no pude evitar pensar en todos los contextos donde el descanso no es un derecho, sino una rareza. Donde trabajar sin parar es la única opción.
He vivido en países donde nadie se plantea qué hará “en verano”, porque el verano no interrumpe nada. Hay trabajo —cuando lo hay—, muchas veces informal, precario, intermitente. Según datos de la OIT, más de 4.000 millones de personas en el mundo no tienen acceso a vacaciones pagadas. Para muchos, lo extraordinario no es viajar: es simplemente poder parar.
Y sin embargo, en gran parte de Europa, el descanso se ha convertido en un mandato. No descansar está mal visto. Pero no descansar bien también. Hay que desconectar, inspirarse, volver distintos. Relajarse, sí, pero con propósito. El descanso se ha vuelto una tarea más dentro del sistema de productividad.
Desconfío de esa urgencia por descansar como si se tratara de un KPI. De ese “rendimiento emocional” que se espera del verano: volver con anécdotas, fotos, claridad mental, una piel más luminosa y, con suerte, una revelación interior. Como si las vacaciones fueran una experiencia de transformación garantizada.
El filósofo español Víctor Gómez Pin advierte que el ocio moderno puede ser más alienante que el trabajo, porque ya no nace del deseo, sino de la presión por aprovecharlo. “El tiempo libre ya no es libre. El ocio puede embrutecer más que el trabajo”, dice. Tal vez por eso la idea de quedarme en Madrid en verano me resulta cada vez más sensata. No como renuncia, sino como resistencia.
Madrid, en agosto, se vacía de madrileños y se llena de voces de todas partes. La ciudad cambia de ritmo. El calor lo ralentiza todo. Las calles se despejan. Los museos se respiran. Los parques tienen acentos distintos. Y en esa rareza de lo cotidiano aparece algo que se parece, de verdad, a un viaje.