ANATOMÍA DE LA TRISTEZA ¿Por qué escribir sobre la tristeza?...
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Más allá de la palabra hay algo que se transmite. Un gesto, una tensión, una dirección del cuerpo. Una energía. La intención.
No es emoción, no es pensamiento, no es voluntad en su forma consciente. Es algo más antiguo. Algo que precede al lenguaje y que muchas veces lo guía. Es lo que hace que, incluso sin entender las palabras de otro, podamos intuir si quiere cuidarnos o usarnos, si nos está invitando a acercarnos o pidiéndonos que nos alejemos.
Lo entendí hace años, en Pakistán, cuando me apunté a un club de cricket. No porque quisiera jugar —ni siquiera entiendo bien cómo se juega— sino porque ahí había caballos. Volver a estar con ellos me ordena. Siempre he sentido que los caballos y yo compartimos una sensibilidad parecida. No necesitan traducción: te leen.
Un día me prestaron un alazán y lo llevé al picadero. Un grupo de niños se sorprendió al ver que el caballo respondía a mis comandos en español. Yo decía “ohhh” para que se detuviera. En inglés suelen usar “whoa”. Pero el entrenador que los observaba desde un costado zanjó la cuestión: “No importa qué palabra uses. Lo que el caballo entiende es la intención”.
Desde entonces pienso en todo lo que ocurre más allá del lenguaje. En cómo los animales obedecen a esa capa invisible. Y en cómo nosotros también lo hacemos, aunque lo olvidemos. Una persona entra a una habitación y sentimos si viene con prisa, con ternura, con hostilidad o con miedo. El cuerpo lee eso, antes que el oído. El lenguaje puede maquillar, pero hay algo que se filtra.
Y aunque nuestra cultura le haya dado un poder sagrado a la palabra —a su precisión, a su gramática, a su corrección— lo cierto es que muchas veces nos comunicamos más eficazmente sin ella. Basta un gesto para entender, basta un silencio cargado para ser interpelados.
La neurociencia confirma esto con palabras que a veces arruinan lo obvio: estudios como los publicados en Nature Neuroscience muestran que el cerebro humano reacciona de manera más intensa a una voz cargada de emoción que a una frase gramaticalmente correcta. Lo que nos conmueve no es el contenido, sino la energía que lo empuja.
No se trata de idealizar el instinto ni de negar el valor de hablar bien. Como escritora, paso gran parte de mi vida eligiendo palabras, sintaxis, ritmo. Pero también sé —y cada vez lo sé más— que hay algo que no puedo controlar ni pulir del todo: esa energía que se cuela entre líneas, eso que no se dice, pero se siente. A veces basta con observar a un animal. Ellos no editan, no dudan, no adornan. Perciben y responden. En muchas situaciones, un perro o un caballo entienden mejor lo que ocurre que nosotros.
No hace falta entender un idioma para saber si alguien está mintiendo. La intención, como los latidos, no se elige: se transmite.
Y eso, quizá, sea el verdadero lenguaje. El primero. El más claro. El más difícil de fingir.