DE MORAL LIGERA

Ilustración minimalista de una grieta sobre fondo claro, símbolo de la fragilidad moral
Ilustración minimalista de una grieta sobre fondo claro, símbolo de la fragilidad moral

DE MORAL LIGERA

Me encanta El País. Me parece un periódico necesario, desafiante, lleno de matices. También me encanta The New Yorker. Y, sin embargo, más de una vez, me he visto intentando leer sin pagar. No siempre fue así. Hubo etapas en que pagué ambas suscripciones como Dios manda, convencida de que era lo justo, lo ético, lo que correspondía a alguien que vive —como yo— de que le paguen por escribir. Pero la exigencia moral también fluctúa: hay épocas en que una es más recta, y otras en que simplemente… afloja.

Soy periodista. Vivo de esto. ¿Cómo explico entonces esa trampa? No es solo incoherencia: es una falla moral. Una que me incomoda reconocer, pero que sé que compartimos más personas de las que nos atrevemos a admitir.

El problema no está en los grandes escándalos, sino en las pequeñas concesiones cotidianas. La moral —como la fe o el amor— también se desgasta cuando se descuida. Y aunque sepamos lo que está bien, muchas veces elegimos lo que nos acomoda.

En filosofía, a esta asimetría entre el dicho y el hecho se le ha llamado debilidad moral (akrasía). Es ese extraño desencuentro entre saber lo que está bien y, aun así, hacer lo contrario. Lo expresó Ovidio en boca de Medea: “Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor”. Y siglos más tarde, San Pablo lo resumió con la misma desconcertante claridad: “No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero”.

Todos lo vivimos. Y lo peor: lo normalizamos. Hay una especie de akrasía social. Sociedades enteras que declaran defender la justicia, el bien común, la honestidad… y luego toleran —o incluso celebran— las pequeñas trampas, los atajos, la pillería.

Los psiquiatras lo explican sin rodeos: la corrupción se calcula. Las personas la sopesan en función del beneficio, la probabilidad de ser descubiertas y la severidad del castigo. Y además, se contagia. Tras un escándalo, quienes nos rodean tienden a justificarse también. La trampa se vuelve sistema.

Todos creemos que nuestro país es el más corrupto. En México —de donde soy— se dice con cinismo: “el que no tranza, no avanza”. Pero en España se cuelan las trampas por las rendijas. No porque seamos latinos, ni por “carácter mediterráneo”, sino porque donde faltan controles, se abren grietas. Y donde se abren grietas, la corrupción encuentra paso.

Durante siglos, fueron las religiones —con sus dogmas, castigos y promesas— las que intentaron, de manera más o menos ortodoxa, enderezar el camino torcido. Hoy, sus argumentos ya no nos bastan. Pero tampoco nos convence vivir en una sociedad donde cada quien hace su propia ley como si nada tuviera consecuencias. Algo en nosotros sigue buscando una brújula. Un marco. Una mínima contención frente al impulso.

La ética no se ejerce en actos heroicos, sino en esas pequeñas decisiones invisibles. Y cuando dejamos de practicarlas se atrofian. La confianza mutua se degrada, y lo común se resquebraja. 

Asumo mi debilidad y por lo pronto voy a reducir mi presupuesto de cañitas y voy a pagar mis dos suscripciones. Porque si verdaderamente creo en el valor del periodismo.

Y quizá, si lo hacemos muchos, ese músculo moral se fortalezca. Un paso a la vez. Como quien endereza el cuerpo después de años de andar torcido. Tal vez no cambiemos el mundo. Pero al menos dejaremos de empujarlo al abismo.

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