LA SOLEDAD DE LAIKA
Con la cola encogida contra el vientre, la perra tiembla dentro de una cabina de apenas ochenta centímetros. El calor sube, el aire pesa, el espacio no le concede respiro. Todo ocurre en la oscuridad total. Gime. Su hocico, atrapado por una máscara de oxígeno, oprime más de lo que ayuda. El corazón le golpea el pecho como si quisiera escapar de ese cuerpo frágil. Cada ruido —el crujido del metal, el zumbido eléctrico, los golpes sordos de su propio temblor— confirma lo incomprensible: está sola, atrapada en un viaje sin retorno.
Laika no sabe de órbitas ni de planetas. Solo se siente perdida. Araña las paredes, pero no hay suelo que dé cobijo. Las orejas pegadas hacia atrás, los ojos desorbitados, el cuerpo entero estremecido. El pánico, ese pánico que lo invade todo, la sacude. Tiembla hasta desfallecer. Poco después, muere aterrorizada, sofocada, invisible para el mundo.
Era una mestiza de husky y terrier, de apenas seis kilos, recogida en las calles de Moscú. Había sido elegida por su resistencia, por su docilidad y, sobre todo, porque cabía en la cápsula. El 3 de noviembre de 1957, a las 22:28 horas, fue lanzada a bordo del Sputnik 2 desde el cosmódromo de Baikonur. Fue el primer ser vivo en alcanzar la órbita terrestre. El despegue la convirtió en un símbolo inmediato de la carrera espacial, ese duelo propagandístico entre la Unión Soviética y Estados Unidos en plena Guerra Fría.
Durante décadas, la versión oficial sostuvo que Laika había resistido varios días en órbita y que, al final, había sido sacrificada mediante eutanasia para evitarle sufrimiento. Era un relato heroico, acorde con la narrativa soviética: el de un animal que ofrecía su vida por el progreso de la humanidad. La verdad se destapó en 2002: Laika había muerto pocas horas tras el lanzamiento.
Lo leí hace mucho, pero aún me emociona. Me emociono porque la veo sola, traicionada, en esa trampa incandescente. Y entonces entiendo algo terrible: solo nos conmovemos cuando alguien nos ayuda a entrar en la piel de la víctima, cuando un relato nos obliga a imaginar su miedo, su dolor, su desconcierto.
No sentimos empatía en abstracto. No sentimos por “los pueblos” ni por “las multitudes”. Sentimos por los individuos. Nos conmueve Laika, no los miles de perros anónimos sacrificados en laboratorios. Nos conmueve la fotografía de un niño ahogado en la orilla, no la marea de migrantes que siguen desapareciendo. Tal vez por eso hoy, mientras mueren miles de seres humanos, muchos seguimos en silencio: porque nadie nos ha contado su historia de forma que duela en nuestra propia piel.
Quizá necesitamos menos periodistas que enumeren cifras y más escritores que nos acerquen al temblor de cada cuerpo. Solo entonces la compasión dejará de ser una palabra vacía.