¿POR QUÉ LAS BRASILEÑAS SON MÁS GUAPAS QUE YO?
Se acerca el verano y, con él, el desfile de reproches: la dieta que no hice, los moretones que no previne, la mani-pedi que se vuelve imperativa, como si de pronto el cuerpo tuviera que volverse cartel publicitario de sí mismo. Es ese momento del año en que toda mujer se mira al espejo con la luz implacable del mediodía y se pregunta: ¿estoy lista para exponerme?
Y yo, en ese ritual anual, no puedo evitar pensar que, si hubiese nacido en Brasil, probablemente respondería que sí sin dudar.
Viví dos años en la patria de la caipirinha. Tiempo suficiente para reconocer que ninguna extranjera sale ilesa de la experiencia de convivir con las brasileñas. Digo brasileñas y no mujeres brasileñas porque allá ser mulher es otra cosa: un oficio, una forma de habitar el cuerpo, una identidad que no se desliga ni en bata ni en chancletas.
Me intimidaban, claro. Al primer rayo de sol —en la panadería, en el supermercado— se ponían un bikini de triángulo y un short mínimo que dejaba ver media nalga. Y salían así, tan frescas, como si fuera lo más natural del mundo. Y lo es. Allá no se piden disculpas por ocupar espacio. Lo ocupan. Con escote, con curvas, con celulitis, con lentejuelas.
Yo, en cambio, ni con el cuerpo de Gisele Bündchen me atrevería. Así son las brasileñas: guapas por decreto. Seguras. Sensuales sin pretensión.
Y no, tristemente nunca seré la garota de Ipanema, esa “coisa mais linda, mais cheia de graça” que viene y que pasa, caminando con su vaivén rumbo al mar, sin saber que cada paso suyo deja al mundo suspirando.
Brasil es el segundo país con más cirugías plásticas del mundo, solo por debajo de Estados Unidos. Según datos de la International Society of Aesthetic Plastic Surgery, en 2022 se realizaron más de 2,8 millones de procedimientos estéticos. Pero a diferencia de otras culturas donde operarse puede verse como frivolidad o inseguridad, en Brasil está normalizado como una extensión del autocuidado.
Si algo en tu cuerpo no te acomoda, lo corriges. Punto. No es una concesión a la vanidad, sino un derecho al bienestar.
Además, la industria de la moda en Brasil parece tener un pacto tácito con la diversidad corporal. En las vitrinas hay tallas grandes con los mismos diseños que en XS. No hay ropa para flacas y ropa para gordas; hay ropa para todas.Y eso no es menor: vestirse bien no debería ser un privilegio de proporciones estándar.
Tampoco se puede ignorar el factor masculino. En Brasil, el deseo parece moverse con menos rigidez, como si obedeciera a una lógica más orgánica, más carnal y menos reglamentada por el canon.
Los hombres brasileños, con sus luces y sus machismos, han sido educados en una cultura donde todos los cuerpos se miran con hambre, sin tanta jerarquía. Piropean con la misma intensidad a una chica de 100 kilos que a una de 40, porque allá el deseo no responde solo a la simetría ni a la talla. Se siente atraído por curvas y por carne, por piernas firmes o blandas, por piel al sol o piel mojada de sudor y samba.
En ese contexto, donde el cuerpo no es pecado sino paisaje, la mujer se permite mostrarse sin culpa. Y eso lo cambia todo.
Volveré al principio. ¿Sería más guapa si hubiera nacido en Brasil? Tal vez no. Pero quizás me sentiría así.
Y eso, en los tiempos que corren, vale más que cualquier espejo.
Nota: Estas líneas no buscan definir una verdad sobre Brasil ni sobre las mujeres. Son apenas un reflejo subjetivo, tan parcial y movedizo como la mirada de quien escribe.