RASCARSE CON LAS PROPIAS UÑAS
En uno de esos días en que el trabajo se amontona como platos sucios en el fregadero, decidí hacerme de la vista gorda y escaparme a una conferencia de Juan Villoro sobre José Emilio Pacheco. Dos escritores que me acompañan desde hace años y he leído hasta el cansancio. La velada prometía ser una gozadera intelectual, el escape perfecto… hasta que me senté frente a un hombre calvo que, por razones que prefiero no indagar, se pasó la hora y media que duró el evento rascándose la cabeza.
No puedo describir el estado en que me puso. Una mezcla de repulsión, desconcierto y exasperación que escalaba por mi espina dorsal como un ejército de hormigas. Si no fuera porque mi superyó —ese severo guardián freudiano de las formas y la compostura— se impuso con fuerza, probablemente habría acabado insultándolo. Salí de la sala sin haber oído a Villoro, en modo asesino, mascullando teorías sobre cómo hay personas que logran arruinarle la noche a otras sin siquiera darse cuenta.
Ya en el metro me fui calmando y me dije que ese buen hombre no lo hizo con dolo, sino que simplemente no pudo evitarlo. Recordé también el tormento de haber llevado una pierna enyesada cuando los yesos eran de cal endurecida, pesados como un bloque de concreto y ásperos como la lija. Cuando la comezón atacaba bajo esa prisión, lo único que quedaba era abrir un gancho de ropa para tratar de aliviarse. Y, aun así, siempre quedaba un rincón inalcanzable, un resquicio de picor que se volvía tortura.
Y, entre más le doy vueltas, más creo que sí, que detrás de esto de rascarse se esconde una pregunta interesante: ¿Qué tan vital es, en realidad, poder rascarse con nuestras propias uñas?
Recordé entonces un pasaje de A pedazos, de Hanif Kureishi, una novela autobiográfica donde confiesa que lo más insoportable de haber quedado tetrapléjico es la humillación de no poder rascarse por sí mismo. Algo tan simple, tan primitivo, que hacemos cientos de veces al día sin darnos cuenta… y que, cuando dependes de otro, se vuelve un suplicio sin solución. Nadie, por más buena voluntad que tenga, alcanza el punto exacto ni con la presión precisa.
Quizá por eso esta expresión popular —“rascarse con las propias uñas”— es un verdadero hallazgo de la sabiduría popular. Rascarse solo no es solo aliviar una incomodidad: es un acto de autonomía.
Schopenhauer planteaba que cada uno lleva dentro de sí mismo un infierno más o menos grande. Y, si es así, no hay más remedio que aprender a gestionar nuestras llamas internas, a calmar la picazón existencial sin esperar que otros lo hagan por nosotros. Y cobra aún más sentido en un mundo donde todos queremos delegar las tristezas —al amigo paciente, al terapeuta de guardia, al coach motivacional que siempre tiene una respuesta prefabricada.
No se trata de negar la necesidad de apoyo, sino de reconocer que hay incomodidades que ningún otro puede aliviar. Es la pequeña gran declaración de que, aunque la vida pique y duela, la única mano verdaderamente capaz de aliviarnos es la nuestra.
Podría cerrar este texto con una gran conclusión, pero ¿para qué engañarnos? Lo más probable es que, mientras leías estas líneas, te hayas rascado al menos un par de veces sin notarlo. Así de profundas son las necesidades más simples.
Pocas veces un libro muestra con tanta crudeza y lucidez lo que significa perder la autonomía. Si te interesa asomarte a esa experiencia, te recomiendo A pedazos, de Hanif Kureishi. https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/a-pedazos/9788433946898/PN_1158