YONO, EL LUJO DE TENER SOLO UNO

Mujer indígena con collares y aretes elaborados sostiene a su hijo en brazos, ambas figuras enmarcadas por una puerta de madera. Fotografía en blanco y negro de Rafael Doníz, parte del libro Mujeres del México profundo.
Mujer indígena con collares y aretes elaborados sostiene a su hijo en brazos, ambas figuras enmarcadas por una puerta de madera. Fotografía en blanco y negro de Rafael Doníz, parte del libro Mujeres del México profundo.

YONO, EL LUJO DE TENER SOLO UNO

La vi en un documental. Una influencer de esas que hablan con tono amable y decididamente liviano, anunciaba su nuevo estilo de vida: YONO, “you only need one”. Con una sonrisa blanca y una convicción que parecía entrenada, abría cajones de maquillaje y comenzaba a tirar, uno por uno, sus cosméticos Dior, Chanel, Estée Lauder, YSL.

“Solo necesito uno”, decía. Y se deshacía de todo lo demás. Me dio asco.

No por lo que hacía —cada quien decide qué guardar y qué soltar—, sino por el espectáculo. Por la épica de la renuncia. Por la idea de que tirar cosas a la basura puede volverse una forma de superioridad moral.

Me dieron ganas de decirle que llegaba tarde. Que hay millones de mujeres que son YONO desde siempre.

Que solo tienen un jabón. Un desodorante. Un esmalte. Una mascara de pestañas que se pasan entre hermanas y que cuando se seca, calientan para sacarle un poquito más. Que no tienen secadora porque no hay enchufe, ni enchufe porque no hay electricidad. Que se secan la melena al aire. No porque quieran reconectar con lo natural, sino porque no tienen otra opción.

Según datos del Banco Mundial, más de 500 millones de mujeres y niñas en todo el mundo carecen de acceso a productos menstruales y a instalaciones adecuadas para gestionar su menstruación. En muchas familias la barra de jabón funge también de shampoo y se comparte con toda la familia. Y mientras eso ocurre, en redes se viralizan los productos “all in one”—una práctica elevada a categoría de lifestyle por quienes sienten ansiedad al ver los estantes de sus baño desbordados de productos nuevos. El YONO puede ser un gesto bonito. Pero solo si nace de la toma de conciencia, no de la pose.

Tener uno solo es válido si viene desde el cuidado, desde el respeto por lo que ya está. Pero no desde la performatividad del desperdicio.

Tener muchos no es un crimen. Tirarlos en cámara, tal vez sí.

Y vivir con solo uno no debería ser una tendencia: sigue siendo, para demasiadas mujeres, una realidad cruda.

Lo bello, a veces, está en saber callar. En no hacer contenido con todo. En no romantizar lo que para otras es sobrevivir.

Nota: La mujer que aparece en esta imagen fue retratada por Rafael Doníz en Mujeres del México profundo. No sigue ninguna tendencia. Simplemente, vive.

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