VENUS Y EL CABELLO: ¿CUÁNTO VALE TU MELENA?
Cuando vivía en Indonesia, una amiga francesa me contó que en una peluquería se negaron a cortarle el cabello (ella lo quería ‘à la garçonne’) alegando que si lo hacía no se casaría. Este episodio no es una simple anécdota; ilustra cómo el cabello femenino ha sido, a lo largo de la historia, un marcador social y cultural. En muchas sociedades conservadoras, la longitud del cabello sigue siendo una declaración de feminidad y estatus. Mientras en los países escandinavos el largo del cabello no afecta tanto el atractivo, conforme bajamos hacia el sur sí lo hace.
Según la antropología evolutiva, los hombres prefieren espontáneamente a las mujeres de cabello largo porque el instinto les dice que son más fértiles: el estrógeno alarga el período de crecimiento capilar. A medida que las mujeres envejecen, tienden a optar por estilos más cortos. Solemos creer que esta decisión se debe a factores como el debilitamiento, la aparición de canas o cambios en la textura, pero ¿y si, sin darse cuenta, esas mujeres están diciendo: ya no soy una máquina de tener hijos y conmigo el trato es de igual a igual?
Darwin había planteado la hipótesis de que la cabellera era un carácter de selección sexual: al igual que el plumaje del pavo real atrae a las hembras y le permite aumentar su descendencia, el cabello de las mujeres despertaría más deseo en los hombres. Se entiende así el gran interés de las mujeres por su cuidado, reflejado en cifras concretas: estudios indican que las mujeres gastan hasta un 70% más que los hombres en productos capilares. Como la Venus de Botticelli, cuyo cabello largo y flotante no solo es un estándar de belleza, sino también un eco de los códigos que han regido el deseo desde tiempos inmemoriales.
Al igual que gran parte de la investigación sobre la belleza humana, hay tanta evidencia contradictoria que la única conclusión firme que podemos sacar es que aún no hay una conclusión. Quizá el misterio de la atracción no resida en la ciencia, sino en nuestra propia subjetividad y en la narrativa cultural que decidimos seguir.
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