DOMINGO DE POLLO ROSTIZADO
Estas semanas he estado sola y quise darme un gusto. Al despertar, bajé por un croissant. Me atendió el panadero y mientras envolvía mi pedido, señaló los cuerpos empalados en el espetón y me dijo: “Alrededor de la una estarán los pollos, por si te apetece apartar uno”. Pollo rostizado. De inmediato lo vi: la mesa bien puesta, el cuchillo afilado, la bandeja caliente en el centro, los padres, los tíos, los hermanos, los primos, la abuela. La persona de mayor rango encargada de partirlo: “Para ti, la pechuga. Para ti, el muslo”. El sibarita que aparta las alas para roer las puntitas crujientes. Mientras tanto, el perro espera la carcasa y el gato la piel semicrujiente de aquellos que cuidan la línea. Todos reciben algo, porque un pollo rostizado es sabroso, asequible y alcanza para todos.
Pero hay algo más. El pollo rostizado es un plato que se compra cerca de casa. No hace falta planearlo, solo salir, dar un paseo corto y regresar con él, humeante en su bolsa de papel. Se trata de ese ritual dominical en el que, con la excusa de comprar el periódico, uno se detiene a tomar una caña en el bar de la esquina. Se charla con el vecino, se hojea un par de titulares y, cuando llega el momento, se recoge el pollo, el pan, quizás unas patatas asadas. Una tradición que llega envuelta en papel kraft a una mesa bien dispuesta para recibirlo.
En Psicoecología, Boris Cyrulnik recuerda que la poule au pot de Enrique IV fue un emblema de democracia: “Quiero que todos los labradores de mi reino puedan cocinar la poule au pot todos los domingos”. En su tiempo, la carne seguía siendo privilegio aristocrático. La idea de que cada familia tuviera derecho a un ave de corral era casi revolucionaria. ¿Y no es eso lo que hace un pollo rostizado hoy? Une generaciones, iguala diferencias. En cada país adopta su propia versión: en México se adoba con achiote, en Francia con hierbas, en Perú con ajo y comino. Pero el principio es el mismo.
Al final, reservé mi pollo. Y cuando termine de escribir este post, iré a buscarlo. Aunque no habrá una mesa llena, ni risas que interrumpan la conversación, lo traeré a casa, me serviré una copa de tinto y la tarde tendrá sabor de domingo.