EL AÑO QUE NO ARREGLÉ AL MUNDO
En la primera semana del año, esa en la que suelo no tener trabajo, tenía un propósito: escribir un ensayo que resolvería el desorden mundial. Conflictos bélicos, vivienda, transición ecológica… todo arreglado. Me imaginaba a los diputados en Bruselas en sesión extraordinaria, con mi texto lleno de subrayados, adoptando medidas… Pero, como suele pasar en enero, llegó el resfriado. No, no es covid, ni influenza, ni un virus exótico. Es un catarro clásico, ese que no mata, pero que tiene el don de reducirnos a figuras lentas y desdibujadas. A las tres de la tarde la elocuencia se me escurre por la nariz, estoy en pijama, tomando té de manzanilla y buscando desesperadamente un antigripal con pseudoefedrina que me anime a levantarme de sofá. No estoy sola en este drama: cada año, 1.000 millones de personas en el mundo sucumben a resfriados similares así que pensemos en esto: ¿cuántas revoluciones, ideas brillantes o simplemente buenos propósitos de enero se han detenido por culpa de estos virus? En la historia, enfermedades menores son las culpables de nuestra mediocridad. ¿Será que los virus tienen su propia agenda para frenar el progreso? Hoy es siete de enero y un cliente me recordó que tengo un catálogo por entregar, así que el mundo se va a quedar esperando mi ensayo. Cuídate de los enemigos más pequeños; son los que siempre logran detenernos.