LO QUE MIRAMOS

Ilustración vintage de una mujer estilo años 50 mirando su pie con una lupa, sentada en un banco, en tono sarcástico sobre la atención digital.
Ilustración vintage de una mujer estilo años 50 mirando su pie con una lupa, sentada en un banco, en tono sarcástico sobre la atención digital.

LO QUE MIRAMOS…

El otro día, sin buscarlo, terminé explorando la cuenta de Instagram de una chica —alemana, creo— que se dedica exclusivamente a publicar fotos de sus pies. Sin pedicura, sin escenografías elaboradas, sin pretensiones. Solo pies descalzos, a veces en una cama, a veces en el césped, a veces frente a una ventana. Tiene cientos de miles de seguidores.

Le mostré la cuenta a mi esposo y, con naturalidad, comentó: “Hay mucho fetichista”. Me reí. Pero lo cierto es que ahí estaba yo, dedicando varios minutos de mi vida a contemplar pies anónimos.

Mientras expertos culinarios crean platillos espectaculares, aventureros escalan montañas, cineastas graban la vida en los rincones más profundos del océano y escritores elaboran ensayos cargados de matices, aquí estamos nosotros, rindiéndonos —con un clic— a unos pies.

¿Es una anécdota menor? Puede ser. Pero también puede ser una puerta para observar algo más profundo: el tipo de estímulos que elige nuestra atención hoy. Porque en la economía digital, no gana lo más elaborado ni lo más virtuoso, sino lo que mejor se adapta a nuestro deseo de descanso mental.

Estudios como el de la Universidad de Indiana sobre la difusión de la desinformación online sugieren que, frente a la sobrecarga informativa, nuestros cerebros tienden a favorecer los contenidos que requieren poco esfuerzo. En redes sociales, lo que se entiende al instante, sin contexto ni decodificación, tiene más posibilidades de ser visto, compartido y recordado.

Tal vez por eso, una imagen de pies sin mayor explicación puede resultar, para muchos, un respiro. Lo que no exige ser interpretado se vuelve accesible. Y esa accesibilidad puede generar placer. En un entorno saturado de significados, lo que no quiere decir nada puede ser lo que más conecta.

Me pareció un poco injusto burlarme —aunque lo hice—. Porque sostener cualquier tipo de visibilidad en internet, incluso la más absurda, tiene su precio. Imagino que esta chica ya no puede ir a una boda con stilettos sino con crocs ortopédicas para cuidar sus patitas, y que la deben despertar pesadillas donde alguien le da un pisotón en el metro y se le cae una uña.

Pero más allá de los pies, me quedé pensando en la lógica de la atención. En cómo decidimos —como masa, como cultura— lo que vale la pena mirar. Y descubrí que lo banal no siempre le gana a lo sublime porque sea mejor, más útil o más bello. Le gana porque es más fácil de consumir. Porque entra sin pedir permiso ni contexto. Y porque estamos cansados.

Quizá estas imágenes nos recuerdan algo importante: que el deseo no responde a criterios de mérito, ni de profundidad, ni de justicia. Que mirar es, muchas veces, un acto primario. Y que lo simple, en tiempos complejos, no solo se impone: reina.

No se trata de condenar ni de celebrar. Se trata, quizá, de entender. De preguntarnos: ¿por qué miramos lo que miramos?Y qué dice eso de nosotros.

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