LA EDAD DE LAS LÁGRIMAS
Llorar es de todos, pero su significado cambia con el tiempo. De niños, nuestras lágrimas hablan de hambre, sueño o frustración. En la adultez, se convierten en el eco de pérdidas o terremotos interiores. Pero hay algo casi poético que sucede con los años: lloramos menos por nosotros mismos y más por lo que toca el alma. Una película, una canción o la bondad inesperada de alguien puede desbordarnos. Las lágrimas se transforman en una ventana hacia lo colectivo, en una expresión de empatía que nos une a lo que es bello y vulnerable en el mundo. Llorar ya no es solo un desahogo; es un puente entre nuestras emociones y las de los demás. Tal vez ahí resida la verdadera magia: descubrir que, al llorar, no estamos solos.