EL ARTE DE ‘HACERSE EL TONTO’
Mi mamá siempre dice que solo la gente que sabe hacerse el tonto es feliz, y al parecer no es la única que piensa así. Charles Bukowski lo expresó con crudeza: “La tristeza es causada por la inteligencia, cuanto más entiendes ciertas cosas, más desearías no entenderlas”. Lo triste es que, como demuestra la experiencia y la ciencia, la mayoría de los inteligentes no son tan listos.
Los expertos dicen que las personas más brillantes padecen en ocasiones un trastorno disociador de la personalidad. Es decir, ven sus propias vidas desde arriba, analizándolas todas con una lucidez que puede convertirse en un verdadero castigo. Un estudio de la Universidad de Lakehead en Canadá encontró una correlación entre la inteligencia verbal y la tendencia a la ansiedad y la depresión. El pensamiento analítico lleva a una constante reflexión sobre la existencia, la injusticia y la fragilidad de todo lo que consideramos estable. Pero, ¿acaso el problema no es la inteligencia en sí, sino la falta de habilidad para vivir con ella?
En definitiva, hacerse el tonto es un arte que las pruebas de coeficiente intelectual no cuantifican. Hacerse el tonto es una herramienta de supervivencia que consiste en engañarse un poco a uno mismo para darle tregua a la mente cuando la realidad pesa demasiado. Saber cuándo desconectar, cuándo mirar hacia otro lado sin sentirse culpable por ello, cuándo ceder un poco de razón en favor de la calma. No es indiferencia ni resignación, sino una estrategia. Quizá, después de todo, la felicidad no es una cuestión de inteligencia o falta de ella, sino de saber cuándo pensar, cuándo sentir y, sobre todo, cuándo mirar al cielo y decir “hoy no miro, no pienso, no siento, no escucho”.